febrero 02, 2017

Aquéllos eran tiempos muy locos…

Ese día, a Tía Chinta le mataron a su hijo.

Por ladrón fue.

Se le hizo muy fácil meterse al terreno de un primo de Esperanza a robar unas pencas de plátano. El dueño reclamó, el chamaco se enojó y corrió a su casa por un arma, salió y le disparó. Todavía ni caía bien muerto cuando el hijo del agredido tomó la pistola de su padre e hizo lo propio. Dos muertos en menos de cinco minutos. Cuando se enteró, Tía Chinta se acercó al cuerpo de su hijo y, con la altanería que la caracterizaba, sólo dijo: “tan pronto lo hiciste como lo pagaste”.

Los cuerpos se quedaron ahí tirados mucho rato. No había quien fuera a recogerlos, medio pueblo había tomado camino desde muy temprano hacia Tlacotalpan, a las fiestas de la Virgen de la Candelaria. A caballo se iba, no importaba el lodazal, no importaba la distancia. Tomás fue con su querida, Esperanza; y Margarito, su padre.

Aquéllos eran tiempos muy locos…

Tomás discutía con Esperanza, ya llevaban rato a caballo, ella en la grupa, montada como buena escaramuza. Tomás aceleraba el galope sin importarle meterse entre el fango y llenarse del coyolillo que ya invadía todo el campo. Ella le pedía que bajara la velocidad, que se iba mareando y el pica pica le pegaba en los ojos y además ya habían dejado muy lejos a Don Margarito. Tomás paró, reculó un poco y esperó a que su padre los alcanzara. Nunca dejó de discutir con Esperanza, se puso grosero, le decía que ella no tenía por qué mandarlo, que él era el hombre y hacía lo que quería, que si había regresado un poco era por el viejo de su papá que venía bien cargado y además llevaba su jarana, que si no, él ya habría llegado, total que ya era tarde y llegaría con retraso al huapango, todo por culpa del viejo y de ella, pinche vieja mula, ¿de cuándo acá? Siempre queriendo hacer lo que se le antoje…

Cuando Don Margarito llegó, Tomás se calló. Pero miró a Esperanza con tanto odio como si se le hubiese metido el diablo.  Ella recordó que fue esa misma mirada la que Tomás tenía el día que la azotó contra el piso y no dejó de pegarle nomás porque el café se le mezcló tantito con maíz al tostarse…

Entonces tuvo miedo, pero silencio guardó.

Siguieron por el sendero, la tarde estaba por caer. Le entraron las prisas por llegar, así que otra vez el joven golpeó con las piernas los flancos. El caballo rechinó, Esperanza gritó y Tomás la regañó. Cuando empezó a llorar, afligida por el miedo que le provocaba saberlo con esa mirada endemoniada, él le golpeó la cara tan fuerte que la tiró al lodazal. Don Margarito se acercó a Tomásy le dio una bofetada: ¡Cobarde!

Justo cuando el viejo se disponía a bajar del caballo para ayudar a Esperanza a levantarse, su hijo desenvainó el machete y le pegó un fuetazo que le partió la piel de la espalda hasta la médula. Don Margarito tardó en caer, era madera fuerte. Todavía Esperanza se incorporó y logró que la herida no tocara el lodo. En Tomás, persistía la mirada profunda, llena de ira. Aún así, dio vuelta y se fue a buscar ayuda.

Tardaron más de dos horas en llegar al lugar. Don Margarito seguía consciente. Lo pusieron en una hamaca y entre 4 hombres caminaron cargándolo hasta Santiago. Ahí nadie los atendió. Se fueron por Tilapan a ver si podían tomar el tren. El tren no pasó en mucho rato, así que siguieron caminando con rumbo pa’ San Andrés. En el camino Don Margarito se terminó de desangrar. De nada sirvieron los torniquetes que le colocaron y los pedazos de sábanas usados como vendas.  Ya llegó muerto a San Andrés. Muerto por causa de su hijo.

Su viuda, Doña Inés, llegó al día siguiente. Lo tenían ahí envuelto en un petate, lleno de algodones que le tapaban las narices, los oídos, la boca misma, tenía hasta un paliacate que mantenía su mandíbula cerrada, porque murió con la boca abierta. Ya olía feo, de tanta sangre echada a perder, coagulada, llena de moscas.

Doña Inés traía unos cuantos pesos y unos aretes de oro regalo de su mamá. Con eso compró una caja de madera, forrada de satín azul. Con eso compró un lote en el panteón. La tumba de Don Margarito fue la 458. Ahí quedó enterrado, lejos de su tierra y de su gente. Nunca nadie lo regresó a ver, nadie nunca más le llevó flores. La tumba se enmontó y pareció perderse entre la yerba.

Tomás desapareció de los tiempos y Esperanza no volvió a hablar. No volvió a soñar, el espíritu se le quedó vacío. Ni lloraba siquiera…Nomás se paraba junto al agua, a mojarse tantito los pies y miraba el camino que el río trazaba. Ahí se quedaba nomás en la contemplación.

septiembre 13, 2015

Sombra perdida entre las sombras

® 70's / 2015

"Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo"